Testimonio de Nuria González. Médicos sin fronteras
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Zimbabwe engaña. El moderno aeropuerto de Harare, la capital, o los rascacielos de su centro de negocios parecen desmentir que esta joven república se encuentre al sur de África. «Allí tienes la sensación de que todo funciona, de que la Administración realiza su trabajo, incluso que las casas son normales y se goza de cierta calidad de vida», dice Nuria González. Era el primer destino como cooperante de esta psicóloga getxotarra, miembro de Médicos Sin Fronteras, y se antojaba cómodo. «Nada que ver con lo que me habían pintado sobre el continente».
Pero la realidad corroboró que las primeras impresiones suelen ser falsas. De inmediato, Nuria descubrió con inquietud que los semáforos no funcionan, pronto advirtió las carencias de personal y medicamentos que sufrían los hospitales y, por último, que, más allá de las comodidades urbanas, se extendía la miseria. La economía se encuentra condicionada por una inflación superior al 1.200% anual, una de las mayores del mundo, y el mercado clandestino controla el cambio monetario. «Es caótico», exclama. «En el supermercado hay un precio por la mañana y otro por la tarde».
Como responsable de finanzas y administración de la misión local, debía acomodarse a las constantes alteraciones. «Revisábamos cada dos meses el sueldo del personal nativo y, además, la burocracia cambiaba las reglas de juego día a día». Durante los doce meses que ha permanecido en esta labor ha advertido un progresivo endurecimiento del régimen. «Hay un rechazo a todo lo que suena a ONG, y mucho más si es internacional».
Africanización
También ha contemplado dos realidades contrapuestas. «Los cargos públicos niegan lo que está ocurriendo y son orgullosos, no aceptan ayudas, mientras que la población con cierta preparación, ya sea blanca o negra, sólo piensa en emigrar».
A su juicio, Zimbabwe es un país a contracorriente. Tras un período de prosperidad y desarrollo, se ’africaniza’ por la confluencia de diversos factores. Por un lado, la política nacionalista y dictatorial del presidente Robert Mugabe ha cosechado el repudio internacional. Fomentó la ocupación de las granjas en manos de los extranjeros y ha solucionado el problema de la infravivienda con medidas drásticas. El pasado año mandó derribar todas las chabolas que rodean las ciudades y expulsar a sus moradores. Cientos de miles de personas debieron volver a sus aldeas de origen.
La mala imagen del Gobierno y el repudio occidental también se han agudizado con su ruinosa implicación militar en la guerra del Congo. Además, varios años consecutivos de sequías han arruinado la agricultura. «Desde la década pasada, su caída es abismal». La falta de divisas impide la adquisición de carburante y el transporte se vuelve costoso, lo que dificulta las comunicaciones.
Sigue el ’apartheid’
A pesar de tantos inconvenientes, Nuria asegura que este primer contacto con el mundo de la solidaridad ha sido positivo y que pretende repetir, «aunque en Zimbabwe el trabajo resulta complejo, muy estresante a largo plazo», admite.
Sus relaciones con las autoridades no eran sencillas, pero nunca sintió hostilidad en la calle. Hubo un tiempo en el que el ’apartheid’ dominaba la vida cotidiana, pero el triunfo de la mayoría indígena impuso la igualdad, al menos teórica. «Sin embargo, el ’apartheid’ se mantiene de hecho», puntualiza la cooperante. «Los blancos no frecuentan el centro, viven en sus suburbios. Las razas no se mezclan».
En cambio, ella destaca la relación intercultural como una de las grandes aportaciones de su estancia. «Es enriquecedor convivir con holandeses, daneses o indonesios, y quiero repetir la experiencia en otro contexto, aunque tengo claro dónde está mi casa».
Fuente: El Correo
